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El vino industrial y su banal reproductibilidad técnica

En la década del ’30, ante los vertiginosos cambios que la ciencia y la tecnología habían producido en el mundo del arte, el filósofo alemán Walter Benjamin escribió su famoso ensayo “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, una reflexión sobre la transformación del arte y su posible nuevo rol frente a una cultura de masas.

Esas ideas se pueden aplicar al mundo del vino en nuestros días.

Con respecto al arte, Benjamin sostiene que en la época de la reproductibilidad – cuando cualquier objeto puede ser copiado a través de la tecnología – la obra de arte pierde su “aura”. “¿Qué es propiamente el aura?” escribe Benjamin, “Un entretejido muy especial de espacio y tiempo: aparecimiento único de una lejanía, por cercana que pueda estar”.

Es inevitable trazar paralelos entre esta definición y el vino. En su interpretación más cultural, el vino es un producto único, fruto de un espacio, un tiempo y un conocimiento, que se resuelve en una cantidad limitada de botellas inimitables. Así entendido el vino tiene aura: la magia de una botella que merece ser preservada, compartida y disfrutada como un evento singular. Y de esta deriva su precio, estrechamente conectado con el placer que otorga y su escasez.

Pero la reproductibilidad técnica destruye el aura del vino. Se transforma en un producto de consumo suntuoso fugaz y repetible. Como dice Benjamin: “la demolición del aura es la signatura de una percepción cuyo sentido para lo homogéneo en el mundo ha crecido tanto que la vuelve capaz, gracias a la reproducción, de encontrar lo homogéneo incluso en aquello que es único”.  A pesar de que Benjamin imaginaba una función social para este “arte” de masas, la reproductibilidad ha servido en cambio para establecer una sociedad de consumo basada en la homogenización del gusto.

Desde la segunda guerra mundial, la industria del vino en general, y en especial el llamado “nuevo mundo”, han construido su desarrollo sobre técnicas de reproductibilidad: la agricultura química, que borra la influencia del suelo sobre la vid, las levaduras seleccionadas, que modifican el carácter del vino acomodándolo a las tendencias de moda, el uso indiscriminado de sulfuroso, que ha llevado al extremo la manía por la pulcritud al punto de borrar cualquier carácter y el uso excesivo de la madera como saborizante. Para no mencionar los usos prohibidos de glicerina, antibióticos, concentradores, precursores aromáticos.

Hoy la industria nos vende vinos “de lujo” cuyo único contenido es el marketing: en todo lo demás son perfectamente reproducibles en cualquier lugar del mundo que tenga consumidores para pagarlos.  Incluso, la homogenización de los métodos de producción y del gusto del consumidor ha hecho que la mayoría de los vinos de alta gama sean muy parecidos entre sí.

El limite se ha corrido tanto que hemos vaciado al vino de contenido cultural y mantenemos su nombre solo por ser un derivado alcohólico de la uva.

En Chakana nos interesa defender la idea de un vino auténtico al alcance de todos. Soñamos con que los nuevos medios digitales permitan re-establecer la independencia del gusto y la libertad del vino.  Entonces, nos parece importante subrayar que la decisión de apostar por un vino verdadero requiere de un abordaje honesto de los métodos de producción, que parten de una viticultura natural y una estrategia de elaboración de mínima intervención.

En palabras de Benjamin, “el carácter único de la obra de arte es lo mismo que su imbricamiento en el conjunto de relaciones de la tradición”. Tal vez es hora de que los comunicadores presten atención al cómo además del qué.